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Eduardo Chillida, arquitectura del vacío

Probablemente la vida de Eduardo Chillida habría girado en torno al deporte como portero de la Real Sociedad, el equipo de fútbol de San Sebastián, ciudad en la que nació en 1924. Pero una lesión le hizo abandonar este sueño de juventud. Luego estudió arquitectura, disciplina abandonó para, a finales de los años cuarenta, dedicarse al arte. Su trayectoria fue intensa y ya en 1964 había recibido el prestigioso Premio de Escultura del Carnegie Institute de Pittsburg. Precisamente, de esa década hay obras en la exposición Eduardo Chillida. Arquitect of the void. Pero también se exhiben obras de los 1960, 1980 y 1990. Décadas estas fundamentales en el trabajo y experimentación artística de Chillida.

Las obras gráficas que conforman esta selección, comisariada por Isabela Villanueva, están inmersas ya en el lenguaje de la abstracción. Tendencia dentro de la cual Chillida, junto al escultor Jorge de Oteiza (1908), destaca como uno de sus mayores exponentes en el ámbito europeo de la posguerra. Son obras en las que el autor, luego de un período inicial figurativo, se afinca en la sintaxis de la poética abstracta. Algo que puede apreciarse en obras como Beltza V, de 1969; Zehiartu II, de 1973 o Zubi, de 1983.

En ellas notamos cómo Chillida, incorpora volúmenes que dan mayor dinamismo a sus estructuras abstractas. Estructuras que incluyen espacios y construcciones de inspiración arquitectónica. Objetos y cosas donde metafóricamente se hacen alusiones tanto a lo natural como a lo artificial.

Estos grabados constituyen un campo de experimentación, una especie de extensión en las inquietudes escultóricas de Chillida, pero esta vez trasladado al formato bidimensional de la obra gráfica. De ahí la intensidad objetual de estos grabados, cuyos volúmenes negros compactados se abren a espacios más indefinidos como ocurre con, entre otras, Zubi o Beltza V. En esta modulación arquitectónica de los espacios, que buscan construir e imaginar otros nuevos, se ejecutan curiosas transiciones entre lo abstracto y lo figurativo. Transiciones entre el lenguaje de la abstracción y de la figuración que se revelan como señales distintivas en toda la obra de este gran escultor vasco.

En la obra de Chillida hay muchas referencias a la cultura y sociedad vasca, finalizada la Guerra Civil española en 1939. Una sociedad envuelta en un contradictorio proceso de modernización, que tiene como telón de fondo el totalitarismo franquista. Por una parte, el interés por el mundo rural, su cultura material y espiritual –como sucede cuando el autor reinterpreta herramientas e instrumentos de trabajos empleados por los campesinos vascos, o cuando titula sus obras con vocablos de la lengua vasca, cuyo significado traduce la riqueza de tradiciones orales que describen elementos naturales del paisaje.

Por la otra, su visión sobre el desarrollismo industrial como expansión del entorno urbano de las ciudades. Los astilleros, las fraguas, los altos hornos o las fundiciones de hierro, material muy presente en las esculturas totémicas de Chillida. Todo este mundo de producción industrial y las transformaciones que ejecuta en el paisaje histórico y cultural vasco, también son fuentes de inspiración para su imaginario artístico.

La primera exposición personal de obra gráfica de Eduardo Chillida realizada en Miami ostenta un título sugerente: Eduardo Chillida. Arquitect of the void. La muestra está compuesta por 27 obras entre grabados (planchas de metal) y litografías (planchas de madera), cuya curiosidad reside en descubrir a uno de los escultores españoles más importantes del siglo XX, experimentando en el terreno de la gráfica.

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